Sociedad

Cómo los vecinos de Tierra del Fuego cuidan su salud en los barrios más alejados

Más allá de los hospitales y los anuncios oficiales, las familias de Ushuaia, Río Grande y Tolhuin arman redes propias para prevenir, acompañar y resolver problemas de salud cotidiana. Historias concretas de una provincia que tiene recursos pero también distancias y olvidos.

Publicado el 6 de agosto de 2026, 01:30 hs

Enjambres de IA que infiltraron redes y erosionaron la confianza pública

En el barrio Río Pipo de Ushuaia, doña Rosa guarda en una carpeta azul todos los turnos que consiguió para sus nietos este año. No los sacó por la aplicación provincial ni en el hospital. Los consiguió porque la vecina del fondo, que trabaja en el consultorio del CAPS, le avisó por WhatsApp que había cupos libres un martes a la mañana. Esa carpeta azul es, para muchas familias del lugar, el verdadero sistema de salud.

Tierra del Fuego tiene una de las coberturas sanitarias más amplias del país gracias a la ley 19.640 y a la inversión provincial en hospitales. Sin embargo, cuando uno habla con las familias que viven a más de veinte cuadras de los centros de referencia, aparece otra realidad: la salud se construye en los barrios, con saberes locales, con organización vecinal y con mucho ingenio para sortear demoras, falta de especialistas y el viento que corta la cara en invierno.

En Tolhuin, un grupo de mujeres del barrio Dos Banderas armó hace tres años el “Círculo de Cuidados”. Se juntan cada quince días en el salón del merendero. Una es enfermera jubilada, otra promotora de salud, la tercera mamá de un chico con diabetes. Comparten medicación que sobra, explican cómo leer las etiquetas de los remedios y, sobre todo, escuchan. “Acá nadie viene a dar una charla de diez minutos y se va”, dice Laura, una de las fundadoras. “Nos quedamos hasta que la última vecina termina de contar lo que le pasa”.

Esa escucha sostenida tiene un nombre técnico que los funcionarios usan poco: atención primaria de la salud con enfoque comunitario. Pero para los vecinos es simplemente “ir a lo de la Laura” o “pasar por la salita del barrio”. Lugares donde la salud no empieza con una receta sino con una pregunta: ¿cómo venís comiendo esta semana?

En Río Grande la situación se repite con matices propios. El barrio Chacra II tiene una de las tasas más altas de consultas por problemas respiratorios en niños. El frío, la humedad y las casas que todavía no tienen aislamiento térmico completo explican parte del problema. Pero también hay otra cara: las mamás del barrio organizaron un sistema de “alertas tempranas”. Cuando un pibe empieza con fiebre alta, la vecina que tiene termómetro digital avisa al grupo de WhatsApp. En menos de una hora, varias familias ya saben si hay que llevar al chico al CAPS o si alcanza con el jarabe y el abrigo extra.

Estos mecanismos no aparecen en los informes oficiales del Ministerio de Salud. Los balances provinciales hablan de cantidad de consultas, camas ocupadas y vacunas aplicadas. Las familias, en cambio, miden la salud por otras cosas: cuántos días pasó su hijo sin faltar a la escuela, si la abuela pudo seguir tomando la medicación para la presión sin tener que viajar a Ushuaia, o si el vecino con problemas de salud mental encontró alguien que lo escuche sin apurarlo.

La pandemia dejó una lección que los barrios no olvidan. Cuando los hospitales colapsaron y el transporte se limitó, fueron las organizaciones sociales, las iglesias barriales y los clubes de fútbol los que llevaron medicamentos, alimentos y palabras de aliento. Esa red se mantuvo. Hoy sigue funcionando, aunque ya no se llame “solidaridad en emergencia” sino “cuidado mutuo”.

En el barrio Alakalufes de Ushuaia, un grupo de jóvenes mapuches y criollos armó un huerto comunitario que también funciona como espacio de educación para la salud. Cultivan verduras, pero también hablan de alimentación, de cómo el azúcar afecta la diabetes que corre en varias familias y de cómo el movimiento del cuerpo previene dolores de espalda que antes se resolvían solo con pastillas. “La salud no es solo no estar enfermo”, dice Javier, uno de los coordinadores. “Es poder vivir con dignidad en el lugar donde uno creció”.

Estas experiencias tienen en común algo que los planes provinciales suelen pasar por alto: parten de la confianza. La confianza entre vecinos que se conocen hace años, que saben quién cuida a los chicos y quién puede explicar mejor cómo usar un inhalador. Esa confianza no se construye con resoluciones ministeriales. Se construye compartiendo mates, yendo a buscar a los chicos a la escuela juntos y avisando cuando alguien falta a la salita tres días seguidos.

Por supuesto, estas redes no reemplazan al sistema público. Al contrario: lo sostienen. Evitan que los CAPS se saturen con consultas que se pueden resolver en el barrio. Reducen la deserción de tratamientos crónicos. Y, sobre todo, devuelven a la salud su dimensión más humana: la de cuidar y ser cuidado por los que están cerca.

Sin embargo, hay límites claros. Cuando un chico necesita una resonancia magnética o una mujer debe ser atendida por un oncólogo, la red vecinal llega hasta donde puede. Ahí aparece la otra cara de la salud provincial: las demoras, los traslados a Río Gallegos o Buenos Aires, las familias que se endeudan para pagar un pasaje o un hotel. Esos casos siguen dependiendo de la voluntad política y del presupuesto real que se destine a especialistas y equipamiento.

Desde las organizaciones barriales piden algo concreto: que las autoridades no vean estas experiencias como “actividades complementarias” sino como parte central de la política de salud. Que se financie la capacitación de más promotores de salud vecinales, que se entreguen kits básicos de primeros auxilios a cada centro comunitario y que se escuche, de verdad, lo que los barrios vienen diciendo desde hace años: la salud empieza en la casa, sigue en la salita y solo después llega al hospital.

Mientras tanto, Rosa sigue guardando sus turnos en la carpeta azul. Laura sigue abriendo el salón cada quince días. Javier sigue plantando lechugas y hablando de diabetes. Y miles de fueguinos, sin saberlo, están escribiendo una nueva forma de entender la salud pública: no solo como un derecho que el Estado garantiza, sino como un tejido que los vecinos reconstruyen todos los días, con paciencia y con memoria.

Porque en Tierra del Fuego, con sus vientos, sus distancias y sus recursos, la verdadera riqueza no está solo en el petróleo o en el gas. Está también en esas manos que se juntan para cuidar a los que están cerca.

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