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De la euforia al silencio: por qué el final de un Mundial deja vacío en Tierra del Fuego

El pitazo final del Mundial no solo cierra un torneo: interrumpe rutinas compartidas, encuentros familiares y el pulso colectivo de la provincia. Psicólogos y hinchas fueguinos explican esa extraña melancolía que llega cuando se apagan las pantallas.

Publicado el 20 de julio de 2026, 19:15 hs

Pantalla de televisor apagada en living familiar fueguino con banderas de Argentina y vasos vacíos
El Sureño (Surenio)

El pitazo final del último partido del Mundial trae algo más que un campeón. En Tierra del Fuego, como en gran parte del país, deja un silencio que se siente raro. Durante un mes, el fútbol se adueña de las conversaciones, organiza asados, modifica horarios de cena y hasta posterga trámites. Cuando todo termina, muchos se preguntan por qué les cuesta retomar la vida “normal”.

En Ushuaia, Río Grande y Tolhuin el fenómeno se repite cada cuatro años. Las familias se reúnen en livinges o en los bares de la costanera para ver los partidos. Los chicos faltan menos al colegio y en las fábricas electrónicas de Río Grande se arman “quinielas” que duran hasta la final. Cuando el balón deja de rodar, ese entramado social se desarma de golpe.

“Es como un duelo chiquito”, describe la licenciada en Psicología María José Ruiz, que atiende en consultorios de Río Grande y Ushuaia. “Durante el Mundial se genera un estado de excitación compartida, de expectativa permanente. Hay dopamina, adrenalina y, sobre todo, pertenencia. Cuando termina, el cerebro extraña esa dosis diaria de emoción colectiva”.

En los barrios de Río Grande, donde el viento patagónico azota las calles, varios vecinos coinciden. “En casa éramos ocho mirando los partidos de Argentina. Mi viejo preparaba el mate, mi mamá hacía tortas fritas. Ahora que se terminó, la casa se siente grande y silenciosa”, cuenta Lucas Gómez, operario de una terminal electrónica.

El vacío no es solo afectivo. También es práctico. Durante el torneo, muchos postergan reuniones, viajes o trámites. En Tolhuin, por ejemplo, la Liga de Fútbol local suspendió varias fechas para no superponerse con los horarios de los partidos de la Selección. Ahora los equipos retoman y los hinchas deben readaptarse.

Los psicólogos explican que este “síndrome post-Mundial” tiene que ver con la interrupción de una rutina que, aunque temporal, se vuelve muy intensa. “El fútbol es una narrativa épica que nos saca de lo cotidiano. Cuando termina, volvemos a la factura de la luz, al frío del invierno fueguino y a las paritarias que siguen trabadas”, agrega Ruiz.

En las escuelas de la provincia el tema también se siente. Docentes del SUTEF comentan que durante el Mundial los chicos llegaban con la camiseta puesta y el recreo era un debate interminable sobre Mbappé, Messi o Dibu Martínez. Ahora, en los pasillos se nota menos algarabía. “Es como si se hubiera apagado una luz”, dice una maestra de Ushuaia.

El fenómeno se repite en todo el mundo, pero en Tierra del Fuego adquiere matices propios. El aislamiento geográfico hace que los lazos sociales sean más fuertes y que el fútbol funcione como un aglutinante cultural. “Acá miramos los partidos todos juntos porque el invierno nos encierra y porque sentimos que representamos al país en el fin del mundo”, explica Juan Carlos “Chino” Vera, hincha de toda la vida y socio del Club Atlético Camioneros de Río Grande.

Los especialistas recomiendan no negar la emoción. “Está bien sentir nostalgia. Es sano reconocer que algo lindo terminó. Lo importante es volver a construir rutinas nuevas, retomar el contacto con la gente sin necesidad de una pelota de por medio”, señala Ruiz.

Mientras tanto, en los kioscos de Ushuaia todavía se venden las figuritas que quedaron sin pegar y en los grupos de WhatsApp de amigos todavía circulan memes de la final. El silencio, poco a poco, se va llenando con otras cosas. Pero durante unos días, el eco de los goles y los cantos sigue resonando en las casas fueguinas.

El próximo Mundial está lejos. Cuatro años parecen una eternidad cuando uno se acostumbró a vivir con la Selección latiendo todos los días. Por eso, cuando el trofeo ya está en la vitrina del campeón, queda esa sensación agridulce: la euforia se fue y, por un rato, el silencio se siente demasiado fuerte.

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