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El calafate y el guanaco: símbolos vivientes del folklore fueguino que resisten el olvido

Más allá de las leyendas turísticas, el calafate y el guanaco encarnan un folklore vivo que une a generaciones de fueguinos en prácticas, relatos y rituales cotidianos. Una mirada profunda a cómo estos emblemas naturales siguen moldeando la identidad provincial.

Publicado el 25 de julio de 2026, 20:10 hs

En Tierra del Fuego, donde el viento parece tallar la memoria colectiva, el calafate y el guanaco no son solo plantas o animales: son protagonistas silenciosos de un folklore que se transmite de fogón en fogón, de taller en taller, de cocina en cocina. Lejos de las versiones edulcoradas que se venden en los muelles de Ushuaia, estas dos especies condensan saberes ancestrales, resiliencia y una forma muy fueguina de entender la relación entre el ser humano y el territorio.

El calafate (Berberis microphylla) crece contra todo pronóstico. En suelos magallánicos pobres, azotados por ráfagas de hasta 100 km/h, este arbusto espinoso entrega un fruto que, según la tradición oral selk’nam y yagán, “quien lo prueba queda condenado a volver”. Pero los mayores de Río Grande y Tolhuin cuentan una versión menos romántica y más profunda: el calafate no ata al turista, ata al que aprende a leer el territorio. “El que come calafate y entiende por qué crece torcido, ese sí vuelve con otro ojo”, dice doña Marta Vera, tejedora de Río Grande cuya familia llegó desde Chubut en los años 50.

Esa lectura del territorio se materializa en decenas de prácticas que rara vez aparecen en guías turísticas. Las abuelas preparan jarabe de calafate para la tos con un método que combina la cocción lenta al rescoldo y el agregado de hojas de romerillo. Los chicos de los barrios periféricos de Ushuaia aprenden en los centros culturales barriales a teñir lana con la corteza del calafate, obteniendo un marrón rojizo que recuerda al color de la turba después de la lluvia. Y en los talleres de cerámica de Tolhuin, los artesanos modelan vasijas con relieves de ramas de calafate que sirven tanto de decoración como de recordatorio: “Aquí nada crece fácil, pero todo lo que crece, dura”.

El guanaco, por su parte, representa la otra cara de esa misma moneda de supervivencia. Mientras el calafate es quietud y raíz, el guanaco es movimiento y adaptación. Antes de la llegada masiva de la oveja, los pueblos originarios tejían con su lana más fina que la de alpaca y usaban sus tendones para arcos y trampas. Hoy, en un revival silencioso pero poderoso, jóvenes artesanos de la comunidad selk’nam en la zona de Río Grande están recuperando la técnica del “telar de cintura” con fibra de guanaco salvaje, una práctica que casi desapareció en los años 80.

“El guanaco te enseña que podés ser liviano y fuerte al mismo tiempo”, explica Lucas Pairo, de 29 años, quien dejó su trabajo en una empresa de cruceros para dedicarse a la recuperación de saberes textiles. En su pequeño taller de la margen del río Ewan, combina hilos de guanaco con tintes naturales de calafate para crear ponchos que pesan menos de un kilo pero abrigan como tres capas de polar. Cada pieza lleva un patrón inspirado en las marcas que los guanacos dejan en la estepa: huellas, mordidas de pastos, rastros de barro.

Este diálogo entre calafate y guanaco aparece también en la gastronomía contemporánea que está naciendo en fueguino. Chefs de Ushuaia como Melina Rivas han creado un menú que se llama “Raíz y Paso”: un consommé de huesos de cordero con reducción de calafate y un tartar de guanaco marinado en su propia sangre y bayas silvestres. Pero más allá del plato fine dining, son las familias de los barrios de Chacra II y el barrio Almirante Brown las que mantienen viva la tradición de la “merienda del guanaco”: un pan casero untado con mermelada de calafate y acompañado de charqui de guanaco seco al viento.

El folklore no se queda solo en lo material. En las escuelas rurales de la ruta J y en los centros de jubilados de Tolhuin se sigue contando la historia del “Guanaco que se volvió calafate”. Según la versión que recoge la antropóloga local Laura González, un joven guanaco huérfano, perseguido por el hambre, se refugió bajo un calafate durante una tormenta blanca. El arbusto lo protegió con sus espinas y le dio sus frutos. Cuando llegó la primavera, el guanaco ya no quiso irse. Se quedó tan quieto que sus patas se volvieron raíces y su cuello se transformó en tallo. Desde entonces, el calafate tiene el color cobrizo del pelaje del guanaco y el guanaco lleva en su paso la paciencia del arbusto.

Esta leyenda, que combina elementos selk’nam y mapuche-tehuelche, se utiliza hoy en programas de educación ambiental para explicar a los chicos por qué no se debe arrancar calafate ni cazar guanacos fuera de cuota. “Es una forma de decirles que todo está conectado sin usar palabras difíciles”, dice la maestra rural de la escuela 38 de Estancia María.

El renacer de estos símbolos también tiene un componente político silencioso. En los últimos años, varios colectivos de artesanas de Ushuaia y Río Grande han empezado a exigir que el calafate y el guanaco sean declarados “patrimonio cultural inmaterial” de la provincia, no solo como especies, sino como portadores de saberes. Quieren que se incluya en el currículo escolar la enseñanza obligatoria de teñido con calafate y que se financie la cría comunitaria de guanacos en cautiverio para fibra ética.

Porque en Tierra del Fuego el folklore no es algo que se guarda en un museo. Es algo que se come, se viste, se cuenta y se defiende. El calafate te ata, sí, pero no al turista de selfie. Te ata a la idea de que la belleza más profunda es la que crece contra el viento. El guanaco te enseña que podés correr lejos siempre que sepas de dónde venís.

Y mientras el invierno se acerca y las primeras nevadas blanquean la cordillera, en miles de hogares fueguinos alguien estará preparando un té de calafate, otro estará hilando lana de guanaco y algún pibe estará escuchando por enésima vez la historia del guanaco que se volvió arbusto. Porque aquí, en el fin del mundo, las leyendas no mueren. Se hacen jarabe, se tejen en ponchos y se transmiten como la forma más concreta de resistencia cultural que existe.

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