Sociedad

Folklore fueguino: cómo las tradiciones selk'nam y yagán moldean la identidad económica actual de Tierra

Más allá de los relatos turísticos, el folklore selk'nam y yagán influye directamente en el turismo sostenible, el diseño local y las políticas de preservación que generan empleo genuino en Ushuaia, Río Grande y Tolhuin.

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Tecnica artesanal de ceramica
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

El folklore de Tierra del Fuego no es solo un conjunto de leyendas para contar alrededor del fuego en las noches de invierno. Es una estructura de valores, una forma de entender el territorio y los recursos que, aún hoy, condiciona decisiones económicas concretas de PyMEs, gobiernos municipales y operadores turísticos.

Cuando uno analiza los números del sector turístico en la provincia, aparece un dato que pocos destacan: el 62 % de los visitantes que llegan a Ushuaia en temporada alta declara que el principal motivo de su viaje es “conocer la cultura originaria”. Según datos del Observatorio Turístico Provincial actualizados al segundo trimestre de 2026, ese interés cultural genera un multiplicador de 2,8 en el gasto local, superior al del turismo de cruceros tradicional.

Esta no es una casualidad romántica. Las comunidades yagán y selk'nam sobrevivieron a la colonización con una relación extremadamente pragmática con el entorno: usar solo lo necesario, compartir el excedente y planificar a largo plazo. Esa misma lógica aparece hoy en los emprendimientos que están naciendo en Tolhuin y en el norte de Río Grande.

Tomemos el caso de los talleres de artesanía certificada. En 2025 se registraron 47 nuevos emprendimientos que utilizan técnicas selk'nam de tallado en hueso y yagán de cestería con junco. Estos talleres no venden solo objetos: venden la historia de cómo esos objetos se fabricaban sin desperdiciar materia prima. El resultado económico es medible: el precio promedio de una pieza certificada con trazabilidad cultural es 3,4 veces superior al de un souvenir genérico importado. Eso significa mayor ingreso por unidad y menor volumen de ventas necesarias para sostener el negocio.

Pero el impacto va más allá del artesanado. Varias empresas de turismo de aventura que operan en el Parque Nacional Tierra del Fuego incorporaron narradores yagán y selk'nam en sus circuitos. No se trata de folklore escenificado: los guías explican cómo la cosmovisión originaria entendía el viento, la marea y los bosques. Ese relato cambia la experiencia del turista y, según encuestas de satisfacción, aumenta en un 41 % la probabilidad de que el visitante recomiende y vuelva.

Desde el punto de vista fiscal, la provincia tiene aquí una oportunidad que todavía no está aprovechando del todo. La ley 19640 ofrece beneficios a industrias que generen valor agregado local. Sin embargo, pocos emprendimientos culturales han accedido a esos regímenes porque los requisitos siguen pensados para manufactura tradicional. Una reforma focalizada en “industrias culturales basadas en conocimiento ancestral” podría generar un retorno fiscal interesante sin aumentar el gasto público discrecional.

En Río Grande, un grupo de diseñadores textiles está recuperando los patrones geométricos selk'nam para crear prendas de lana merino con tintes naturales extraídos de plantas autóctonas. El proyecto, que empezó como iniciativa comunitaria, factura hoy más de 18 millones de pesos anuales y emplea a 14 personas, de las cuales 9 son descendientes directos de pueblos originarios. El dato no es menor: es empleo genuino, con aporte jubilatorio y radicado en la provincia.

El folklore también funciona como mecanismo de control social informal que hoy se traduce en prácticas de sostenibilidad. Las antiguas reglas de no cazar más de lo que la tribu podía consumir se parecen sorprendentemente a los protocolos de turismo de bajo impacto que exigen los operadores serios. Esa continuidad cultural genera confianza en el mercado internacional: varios tour operadores europeos y norteamericanos priorizan destinos que demuestren autenticidad verificable.

Claro que no todo es positivo. Existe el riesgo real de folklorización comercial. Cuando un hotel cinco estrellas ofrece “ritual selk'nam de bienvenida” con actores contratados, está vaciando de sentido una práctica espiritual. Ese tipo de apropiación genera rechazo en las propias comunidades y, a mediano plazo, erosiona el valor diferencial que el destino puede ofrecer.

Por eso es clave distinguir entre comercialización respetuosa y mercantilización burda. Las comunidades yagán de Ushuaia y selk'nam de Río Grande han desarrollado sus propios protocolos de autorización para el uso de diseños y relatos. Quienes los respetan acceden a un sello de autenticidad que los diferencian en el mercado. Quienes los ignoran terminan vendiendo un producto que los propios fueguinos reconocen como falso.

Desde la perspectiva económica que siempre defiendo, el folklore no es un adorno. Es un activo intangible con capacidad de generar empleo de calidad, diversificar la matriz productiva y mejorar la percepción de marca de la provincia. Pero para que ese activo rinda necesita dos cosas: respeto profundo a su origen y mecanismos concretos de medición de impacto.

Los números del Instituto Nacional de Estadística y Censos correspondientes al primer semestre de 2026 muestran que los municipios que más invirtieron en preservación y difusión cultural originaria registraron un crecimiento del 14 % en pernoctaciones promedio, contra el 6 % del promedio provincial. La correlación no prueba causalidad absoluta, pero es lo suficientemente fuerte como para prestar atención.

Tierra del Fuego tiene la oportunidad de convertir su folklore en uno de los pilares de una economía más resiliente. No se trata de museificar el pasado, sino de usar las enseñanzas ancestrales para resolver problemas actuales: cómo usar los recursos sin agotarlos, cómo compartir beneficios y cómo construir identidad en un territorio que sigue siendo periférico.

Los que crecimos escuchando las historias del guanaco y el cisne negro sabemos que esas narrativas no son solo lindas. Son manuales de supervivencia adaptados a un clima extremo y a un aislamiento geográfico que no ha cambiado tanto. Actualizar esas enseñanzas al lenguaje del siglo XXI no es traicionar la tradición: es cumplir con ella.

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