Guía para entender y preservar el folklore fueguino en tiempos de globalización
Más allá de los relatos turísticos, el folklore de Tierra del Fuego es un entramado vivo de tradiciones yámana, selk’nam, inmigración europea y adaptaciones locales que hoy enfrenta el desafío de la homogeneización cultural. Esta guía repasa sus raíces, expresiones actuales y herramientas concretas para su salvaguarda.
El folklore fueguino no se reduce a danzas en ferias ni a leyendas repetidas en folletos turísticos. Es un sistema de conocimiento acumulado durante milenios por los pueblos originarios y resignificado por olas migratorias que llegaron al fin del mundo. En un contexto donde las plataformas digitales homogenizan gustos y narrativas, entender sus capas resulta clave para evitar que se convierta en mero espectáculo.
Los yámana y los selk’nam desarrollaron un corpus mitológico directamente vinculado al entorno extremo. El relato del guanaco blanco o la figura de Kren, el tramposo, no eran solo cuentos: explicaban el clima impredecible, las migraciones animales y las normas de convivencia en un territorio hostil. La llegada de europeos a partir de finales del siglo XIX incorporó nuevos hilos: las rondas gallegas que se cantaban en los aserraderos de Río Grande, las historias de naufragios en el canal Beagle y las supersticiones de los balleneros croatas.
Esa fusión generó expresiones únicas. El “canto del arriero” en las estancias del norte de la provincia mezcla el payador pampeano con onomatopeyas que imitan el viento del sudoeste. Las veladas de invierno en Tolhuin todavía incluyen el “cuento del viejo lobo marino”, una historia que combina la cosmogonía selk’nam con el miedo real de los primeros pobladores a los temporales que podían aislarlos durante semanas.
En la actualidad, el folklore se manifiesta de formas menos visibles pero más persistentes. Los artesanos de Ushuaia que tallan en madera de lenga siguiendo patrones geométricos inspirados en los tejidos yámana; los grupos de murga que en Río Grande adaptan coplas tradicionales a ritmos de murga uruguaya para hablar de los problemas de la 19640; las cocineras que preparan “guiso de centolla con toques de merkén” y transmiten oralmente la historia de cómo esa combinación nació en las cocinas de los frigoríficos.
El mayor desafío actual es la preservación activa. Muchas de estas prácticas se sostienen gracias a portadores de conocimiento que superan los 70 años. Cuando ellos no puedan continuar, ¿qué mecanismos tenemos para que las nuevas generaciones se apropien sin folklorizarlas?
Una respuesta concreta está en los talleres intergeneracionales que se vienen impulsando desde la Secretaría de Cultura provincial. No se trata solo de mostrar danzas: se trabaja con jóvenes en la recuperación de vocabulario yámana aplicado a objetos cotidianos, en la creación de nuevas coplas que hablen de la realidad de los barrios de Tolhuin o en la documentación audiovisual de técnicas de tejido que están desapareciendo.
Otro frente es la incorporación del folklore al sistema educativo. La ley provincial 1.234 de 2018 establece la obligatoriedad de contenidos locales en todos los niveles, pero su implementación es desigual. En Ushuaia hay escuelas que integran visitas a museos y entrevistas a mayores, mientras que en algunos establecimientos de Río Grande el módulo se reduce a una clase sobre “indios” sin conexión con la vida actual.
Las nuevas tecnologías ofrecen tanto riesgos como oportunidades. En redes sociales circulan versiones simplificadas y romantizadas de la historia selk’nam que borran la violencia genocida. Al mismo tiempo, proyectos como el archivo digital “Voces del Fin del Mundo” están geolocalizando grabaciones de relatos orales y permitiendo que un adolescente de Buenos Aires escuche a una anciana de la comunidad haush contar cómo era la caza del guanaco antes de que llegaran los estancieros.
La música folk contemporánea también juega un rol clave. Grupos como Los Tehuelches Eléctricos o la cantautora Maru Kauffmann fusionan instrumentos tradicionales con rock, electrónica y hasta candombe. No se trata de “modernizar” por modernizar, sino de mantener viva la función social del folklore: contar quiénes somos, de dónde venimos y cómo resistimos en este territorio particular.
Preservar el folklore no implica congelarlo. Significa crear condiciones para que siga mutando sin perder su núcleo identitario. Eso requiere políticas públicas sostenidas, no solo anuncios de festivales. Significa apoyar económicamente a los portadores de tradición, integrar el conocimiento ancestral en decisiones ambientales (como el manejo de bosques o la pesca) y, sobre todo, reconocer que el folklore no es patrimonio del pasado sino herramienta para entender el presente.
Los fueguinos que hoy deciden aprender a tocar el kultrún, investigar la toponimia yámana de su barrio o simplemente escuchar las historias de sus abuelos están haciendo algo más que “rescatar cultura”. Están asegurando que, cuando el viento del Beagle vuelva a soplar fuerte, sigamos teniendo palabras propias para nombrarlo.