Sociedad

La ansiedad por ‘verlo todo’ cambió para siempre nuestros consumos culturales

La pandemia, la digitalización y la caída del poder adquisitivo modificaron de raíz cómo los fueguinos producimos y consumimos cultura. Del streaming al vinilo, del microteatro a las presentaciones de libros que se multiplican, un nuevo mapa de hábitos y ansiedades define el presente.

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Libros de arte recomendados
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

Casi medianoche de un viernes en el Morán Centro Cultural, en el barrio porteño de Agronomía, un programa de radio que ya no está en el aire convoca a una multitud fiel. Otra Noche Tarde, conducido por Nicolás Pfeifer, se convirtió en un ritual de culto: se pasan discos de vinilo de los 70 en adelante, hay baile suave y un espectáculo en vivo que mezcla viejos tiempos con un futuro que ya llegó. Es uno de los tantos síntomas de un cambio profundo que también se vive en Tierra del Fuego.

En los últimos cinco años nuestras vidas cambiaron radicalmente y la cultura no fue la excepción. La combinación de pandemia, caída del poder adquisitivo, inflación y aceleración digital provocó un reemplazo de hábitos que ya no tiene vuelta atrás. Lo que antes era salida masiva al cine, teatro o recitales, hoy se prioriza en consumos más selectivos, austeros y tecnológicos. La Encuesta Nacional de Consumos Culturales de 2023 ya registraba estas tendencias, que la crisis posterior solo profundizó.

En la provincia, donde el costo de vida es históricamente alto y el gas invernal o el precio de los pasajes inciden en el bolsillo familiar, estas transformaciones se sienten con fuerza. Las salidas tradicionales disminuyeron y crecieron los pequeños placeres cotidianos: escuchar música en streaming, ver series en plataformas o leer en formato digital. Según datos nacionales, más del 65% de la población adoptó definitivamente el streaming como principal medio audiovisual, mientras que Spotify y YouTube dominan casi el 80% del consumo musical.

La radio tradicional perdió terreno, aunque escuchar vinilos o encender un aparato de FM se volvió casi un acto de resistencia cultural. En Ushuaia, Río Grande y Tolhuin hay cada vez más iniciativas que recuperan soportes analógicos, desde ferias de discos hasta ciclos de cine en centros culturales. Es la misma lógica que explica el éxito de Otra Noche Tarde: la necesidad de recuperar el ritual colectivo en un mundo que se volvió individual y acelerado.

Un cambio cognitivo acompaña estas mutaciones. Nadie duda hoy en acelerar una serie para saber si “vale la pena”, pausar una película para ir a la heladera o leer varios libros al mismo tiempo en un dispositivo electrónico. La comodidad del libro digital permite llevar decenas de títulos sin exceso de equipaje, aunque muchos confiesan que la memoria de la lectura no es la misma que con el papel.

Al mismo tiempo, la oferta cultural se multiplicó hasta generar ansiedad. Con YouTube prácticamente gratuito y plataformas que ofrecen catálogos infinitos, crece la sensación de que hay que “verlo todo” para no quedar afuera de las conversaciones. Madrugadas con el celular en la mano, tres pantallas simultáneas y la necesidad de un tiempo que no existe definen el consumo de muchos, especialmente entre los más jóvenes.

Los centennials y la Generación Z, nativos digitales que crecieron con internet y redes sociales, son protagonistas de esta nueva valoración de la cultura popular. Les interesan la salud mental, la diversidad y el cuidado ambiental. No extrañan el mundo analógico porque no lo vivieron. Para ellos, moda, gastronomía, videojuegos, trap, cumbia resignificada y hasta el turismo experiencial son campos culturales legítimos, tan válidos como la literatura o las artes plásticas.

En Tierra del Fuego esta fragmentación también se nota. Las salas de cine tradicionales compiten con el streaming, pero mantienen su magia en propuestas de autor en espacios como el Cine Pack o ciclos en centros culturales. El microteatro, con obras de 15 minutos en salas diminutas y pausas en el hall, encontró un público que busca experiencias distintas y cercanas. Las presentaciones de libros se multiplicaron: el volumen “Sin padre, sin marido, sin Estado” de Carolina Spataro y Melina Vázquez, publicado en 2025, ya lleva casi 40 presentaciones presenciales y virtuales en un año, incluyendo actos en la provincia.

La moda también mutó. El libro “El desfile de moda como obra de arte” de Claudio Calò habla de “transmoda”: una creación difusa, remota y autosostenible que combina lo físico con lo digital. Los desfiles ya no son solo presenciales ni solo virtuales; la partida se juega en la capacidad de manejar ambos mundos con destreza.

En definitiva, no solo cambiaron los hábitos sino también los objetos, los soportes y los propios consumidores. La ansiedad por abarcarlo todo convive con la búsqueda de experiencias auténticas y colectivas. En un contexto de inflación y restricciones económicas, el fueguino elige con mayor cuidado qué consumir y cómo. Buscar “la playa debajo de los adoquines” sigue siendo el sueño cultural del presente con cara de futuro.

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