Sociedad

Los derechos olvidados de los fueguinos: más allá de la 19640

En una provincia rica en recursos, miles de vecinos enfrentan barreras diarias para acceder a vivienda digna, educación de calidad y atención sanitaria. Una mirada profunda a los derechos que la ley no alcanza a garantizar en el día a día de Ushuaia, Río Grande y Tolhuin.

Publicado el 28 de julio de 2026, 15:30 hs

Frente del patio de acceso del frente de la Escuela Secundaria Técnica

Cuando uno piensa en los derechos de los fueguinos, el primer nombre que surge es la ley 19.640. Esa norma que promete exenciones impositivas y un trato diferencial para nuestra provincia aparece en casi todos los discursos oficiales. Pero detrás de esa letra grande hay un conjunto de derechos más básicos y cotidianos que, para muchas familias de Tierra del Fuego, siguen siendo una promesa pendiente.

Doña Elena, vecina del barrio Almirante Brown en Río Grande, resume la situación mejor que cualquier informe oficial: "La 19640 me permite comprar electrodomésticos un poco más baratos, pero no me soluciona que mi hija tenga que viajar dos horas en colectivo para llegar a la escuela secundaria técnica". Su testimonio no es aislado. En los últimos años, organizaciones barriales de las tres ciudades han documentado cómo el crecimiento demográfico y la falta de planificación han dejado a miles de fueguinos sin acceso efectivo a derechos que, en teoría, están consagrados en la Constitución nacional y las leyes provinciales.

Uno de los puntos más críticos es el derecho a la vivienda digna. Según datos del Observatorio de la Vivienda de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, más de 8.500 hogares en la provincia enfrentan problemas de hacinamiento o habitabilidad. En Tolhuin, el crecimiento acelerado de los últimos diez años ha convertido a varios barrios en verdaderos asentamientos informales donde las cloacas y el agua potable son un lujo. Mientras tanto, los planes nacionales e provinciales de vivienda avanzan a paso lento, y las familias esperan años para que les asignen una unidad.

La educación, otro derecho fundamental, también muestra grietas profundas. Aunque la provincia presume de tener una de las tasas de alfabetización más altas del país, las escuelas de los barrios periféricos de Ushuaia y Río Grande luchan con sobrepoblación, falta de docentes especializados y edificios que no resisten el clima austral. Una maestra de la escuela N° 42 de Ushuaia, que pidió mantener su nombre en reserva, cuenta que en invierno muchos chicos faltan porque no tienen abrigo suficiente o porque las aulas no se calientan. "No es que no quieran venir; es que el frío les gana", dice.

En materia de salud, el panorama no es más alentador. El Hospital Regional de Río Grande y el de Ushuaia colapsan periódicamente, especialmente en épocas de virus respiratorios. Las listas de espera para especialistas pueden superar los seis meses, y en Tolhuin la situación es aún más complicada: muchos pacientes deben viajar a Río Grande o incluso a Buenos Aires para estudios complejos. El derecho a la salud, entonces, se convierte en un derecho condicionado por la geografía y la disponibilidad de recursos.

Pero quizá el derecho más invisibilizado sea el de participación comunitaria. Las organizaciones vecinales, centros culturales y asambleas barriales que surgieron en las últimas dos décadas han logrado incidir en algunas políticas locales, pero siguen chocando contra una lógica institucional que privilegia los anuncios por sobre el diálogo genuino. En Río Grande, el movimiento de mujeres del barrio San Martín consiguió, tras años de reclamos, que se instalara un centro de atención integral para víctimas de violencia de género. Sin embargo, todavía faltan recursos para sostenerlo a largo plazo.

Los niños y adolescentes son los que más sufren estas brechas. Según el último informe de UNICEF adaptado a la realidad provincial, uno de cada cuatro pibes de barrios vulnerables no accede a un desayuno nutritivo antes de ir a la escuela. La provincia, que produce gas, petróleo y tiene una de las industrias electrónicas más importantes del país, no puede permitirse que sus chicos crezcan con déficit nutricional o sin acceso a actividades deportivas y culturales.

Frente a esta realidad, surgen iniciativas desde abajo que merecen ser contadas. En Ushuaia, el programa "Lectura en el Barrio" impulsado por docentes jubilados y voluntarios ha logrado que más de 400 chicos de la zona norte mejoren sus competencias lectoras. En Tolhuin, un grupo de vecinos organizó una cooperativa de reciclaje que no solo genera trabajo sino que también educa sobre el cuidado del ambiente, un derecho ambiental que recién ahora comienza a instalarse en la agenda local.

Los derechos de los fueguinos no pueden reducirse a una exención impositiva o a un subsidio puntual. Tienen que ver con la posibilidad concreta de que cada familia pueda vivir con dignidad, educar a sus hijos en condiciones dignas, atender su salud sin tener que endeudarse y participar de las decisiones que afectan su futuro. Mientras los funcionarios firman convenios y cortan cintas, en los barrios sigue haciendo frío, las escuelas siguen teniendo goteras y las familias siguen haciendo malabares para llegar a fin de mes.

La provincia tiene recursos, historia de lucha obrera y una identidad construida sobre la idea de que aquí todo es posible. Ahora falta que esa posibilidad se traduzca en derechos efectivos para todos. Porque una Tierra del Fuego justa no se mide solo por su PBI o por la cantidad de turistas que llegan cada verano, sino por cómo vive la familia que está al final de la calle, la que no aparece en las fotos institucionales.

La pregunta que queda flotando es incómoda pero necesaria: ¿hasta cuándo vamos a seguir celebrando la 19640 mientras los derechos más básicos siguen siendo letra muerta para tantos vecinos? Las respuestas no vendrán de Buenos Aires ni de los despachos oficiales. Tendrán que construirse, como siempre, desde los barrios, con organización, memoria y mucha persistencia.

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