Tres sitios ucranianos Patrimonio de la Humanidad siguen en riesgo por la guerra
La UNESCO ratificó que la Catedral de Santa Sofía, el conjunto de la Lavra de Kiev-Pechersk y el centro histórico de Lviv continúan amenazados por el conflicto armado, en una situación que se asemeja a la del sitio de Tiro en Líbano.
Tres sitios ucranianos declarados Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO siguen expuestos a graves riesgos por la invasión rusa, según confirmó el organismo internacional en su última evaluación de bienes culturales en zonas de conflicto.
La Catedral de Santa Sofía con el conjunto de edificios monásticos y el muro de la ciudad de Kiev, el conjunto de la Lavra de Kiev-Pechersk y el centro histórico de Lviv integran la lista de bienes que requieren “vigilancia reforzada” por parte de la comunidad internacional. La situación se equipara a la del sitio arqueológico de Tiro, en el sur de Líbano, que también enfrenta amenazas derivadas de la escalada bélica en Medio Oriente.
Según el informe presentado por la UNESCO, los tres sitios ucranianos han sufrido daños directos e indirectos desde el inicio de la guerra en febrero de 2022. La Catedral de Santa Sofía, joya del arte bizantino del siglo XI, ha visto comprometida su integridad estructural por las vibraciones causadas por explosiones cercanas y por el riesgo de ataques aéreos. Sus frescos y mosaicos milenarios representan uno de los testimonios más importantes del cristianismo oriental en Europa del Este.
El conjunto de la Lavra de Kiev-Pechersk, monasterio fundado en el siglo XI y considerado cuna del monacato ortodoxo ruso, también registra impactos. En marzo de 2022, un misil dañó uno de sus edificios anexos y desde entonces persiste la amenaza de nuevos bombardeos, además de los riesgos asociados a la ocupación militar de zonas aledañas.
En el caso del centro histórico de Lviv, ciudad del oeste de Ucrania declarada Patrimonio en 1998, los daños han sido menores hasta ahora, pero la proximidad de la línea de frente y los constantes ataques con misiles mantienen en alerta a las autoridades locales y a los expertos internacionales. Sus iglesias, plazas y edificios del período austrohúngaro y renacentista constituyen un valioso ejemplo de la convivencia multicultural en Europa Central.
La UNESCO ha reiterado su llamado a todas las partes del conflicto a respetar las convenciones internacionales que protegen los bienes culturales en tiempos de guerra, especialmente la Convención de La Haya de 1954. El organismo también ha desplegado misiones técnicas para documentar los daños y apoyar a las autoridades ucranianas en la implementación de medidas de salvaguarda, como el reforzamiento de estructuras y el traslado de piezas de valor incalculable.
La comparación con Tiro, en Líbano, no es casual. Ese sitio fenicio, también Patrimonio de la Humanidad, ha sufrido deterioro por los recientes enfrentamientos entre Israel y Hezbolá. Ambos casos ilustran cómo los conflictos armados contemporáneos ponen en jaque no solo vidas humanas, sino también la memoria material de la humanidad.
Desde Tierra del Fuego, donde valoramos la preservación de nuestro propio patrimonio –desde los vestigios selk’nam y yámanas hasta los sitios históricos de la época del presidio y la gesta de Malvinas–, estos episodios nos recuerdan la fragilidad de la herencia cultural frente a la barbarie de la guerra. La protección de estos bienes no es un tema lejano: es parte de la responsabilidad global de salvaguardar la diversidad cultural para las generaciones futuras.
Especialistas argentinos que colaboran con la UNESCO en misiones de evaluación han señalado que, más allá de los daños físicos, existe un riesgo inminente de saqueo y tráfico ilícito de bienes culturales, un flagelo que se intensifica en contextos de inestabilidad. Por eso, el monitoreo satelital y el trabajo conjunto con las comunidades locales se han vuelto herramientas indispensables.
Mientras la guerra en Ucrania entra en su tercer año, la comunidad internacional observa con preocupación cómo estos tres íconos de la historia europea siguen en la mira. Su preservación no solo depende de ceses al fuego o acuerdos diplomáticos, sino también de la voluntad política de proteger lo que trasciende cualquier frontera: la herencia común de la humanidad.