Antonio González: el productor que desafía el clima fueguino con sandías, melones y 12 variedades de tomates
En su chacra “Mi Jardín” de la Margen Sur de Río Grande, este joven agricultor logró cultivar frutas y hortalizas impensadas para la zona sin calefacción. Tras diez años de pruebas, asegura que “es difícil, pero se puede” vivir de la producción local.
El productor agropecuario Antonio González se convirtió en referencia de la agricultura familiar en Río Grande al demostrar que es posible cultivar sandías, melones y más de una docena de variedades de tomates cherry en la Margen Sur, desafiando las condiciones climáticas extremas de Tierra del Fuego.
En diálogo con Germán Vandía en el programa El Campo al Aire Libre, González relató su trayectoria de una década en la chacra “Mi Jardín”. Todo comenzó hace diez años en el predio de su tía, donde inició con papa y apenas 15 plantas de morrón que alojó en una improvisada “cucha de perro” con plástico traslúcido. “Me dieron buenos frutos”, recordó sobre aquella primera experiencia sin vivero ni infraestructura.
Con el tiempo, la curiosidad y el estudio de ciclos vegetales lo llevaron a incorporar cultivos cada vez más exigentes. Uno de los hitos fue la producción de sandía Sugar Baby y melón, variedades de ciclo corto que logró desarrollar completamente sin calefacción. “Me gustan los desafíos. Primero estudio la planta, qué ciclo tiene. Pensé: ‘¿Por qué no lo puedo hacer en el vivero?’ Empecé a hacerlo y me salió”, explicó el productor.
Además de estas frutas, en “Mi Jardín” se obtienen calabazas, zapallos, choclo dulce y una amplia diversidad de hortalizas. Sin embargo, los tomates cherry son el sello distintivo: González maneja más de 12 variedades con colores que van del negro bordó al amarillo, naranja, blanco, marrón, dorado, rojo con amarillo y rojo con verde. “No solamente son lindos para los ojos. Cada color tiene su particularidad de sabor también”, destacó.
Actualmente avanza en un proceso de obtención de semillas propias para aclimatarlas de manera progresiva a las condiciones de la provincia. Durante el invierno, mientras las bajas temperaturas congelan parte del suelo, cultivos resistentes como repollo, cebollín, perejil y cebolla de verdeo ya muestran brotes con vistas a la primavera.
González reconoció que, por la situación económica familiar, todavía complementa sus ingresos con otros trabajos. Sin embargo, ante la pregunta de si es posible vivir de la producción agropecuaria en Tierra del Fuego, fue categórico: “Sí, la verdad que se puede. Es sacrificado, porque no es que uno mira la planta y ya salió. Es difícil, pero se puede”.
El productor trabaja bajo criterios agroecológicos y promueve soluciones caseras para el control de plagas. Ante una consulta sobre morrones, recomendó el uso de ortiga y jabón potásico aplicado con rociador. “Plagas siempre va a haber. Se pueden combatir con algo casero”, indicó.
Sus productos llegaron a ferias locales donde, en los primeros años, generaban sorpresa entre los vecinos. “Me decían: ‘Mirá que estos son productos locales, productos que se cultivan acá’. Y yo les decía: ‘Esto lo hice yo, en mi chacra’”, rememoró.
De cara a la próxima temporada, el objetivo es ampliar la superficie productiva y comenzar desde diciembre con la venta tanto de plantas como de hortalizas y frutas frescas. Tras una década de experimentación, González resume su experiencia en una convicción: producir alimentos en la provincia exige conocimiento, trabajo constante y adaptación, pero los resultados demuestran que los límites pueden extenderse.
Para el fueguino, especialmente en Río Grande, esta historia refuerza la posibilidad de acortar la dependencia de productos traídos desde el continente, fortalecer la soberanía alimentaria local y generar valor agregado en la zona norte de la isla.