Economía

Canal Beagle: la economía que depende de un ecosistema que no se puede seguir ignorando

Más allá de las fotos de glaciares y cruceros, el Canal Beagle sostiene una cadena de valor que genera empleo y divisas para Tierra del Fuego. Analizamos cuánto cuesta ambientalmente y qué reformas necesita la 19640 para que esa riqueza sea sostenible.

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Canal de Beagle con montañas nevadas de fondo visto desde Ushuaia
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

El Canal Beagle no es solo un paisaje de postal que atrae a turistas de todo el mundo. Para la economía fueguina es una máquina productiva que genera empleo directo e indirecto en pesca, turismo, investigación científica y servicios portuarios. Sin embargo, los números duros muestran que estamos extrayendo valor de un sistema cuya capacidad de regeneración tiene límites claros.

Según datos del INIDEP actualizados al segundo trimestre de 2026, la captura de centolla en el Beagle representa el 68 % de la producción nacional de esta especie. Solo en Ushuaia, la actividad pesquera asociada genera 420 puestos registrados y unos 180 indirectos en logística, mantenimiento y exportación. El turismo de observación de aves y navegación suma otros 1.150 empleos estacionales que se concentran entre octubre y abril. En total, la zona del canal aporta alrededor de 2.800 millones de pesos anuales en salarios brutos, según el último informe del Ministerio de Economía provincial.

Pero el retorno fiscal no es tan claro. La ley 19640 otorga exenciones impositivas a empresas que operan en la zona, y una parte significativa de las flotas que pescan centolla y merluza negra están radicadas bajo ese paraguas. Un análisis de costos-beneficio realizado por la UNTDF en 2025 estimó que por cada peso de beneficio fiscal otorgado en el sector pesquero del Beagle, se recuperan 1,4 pesos en impuestos y aportes. El multiplicador es positivo, pero bajo si lo comparamos con otras zonas francas del mundo, donde el ratio supera los 2,2.

El problema aparece cuando miramos el lado ambiental. La población de centolla muestra signos de sobreexplotación: el tamaño promedio de las hembras capturadas cayó 9 % en los últimos cuatro años, según reportes del Consejo Federal Pesquero. Al mismo tiempo, el aumento del tráfico marítimo —impulsado por el boom de cruceros post-pandemia— elevó un 27 % la emisión local de carbono negro en la capa superficial del canal entre 2022 y 2025. Ese dato importa porque el Beagle es un sumidero de carbono azul clave para la Patagonia.

Desde la perspectiva distributiva, Río Grande y Tolhuin reciben poco de esta riqueza. La mayor parte del valor agregado se queda en Ushuaia o directamente sale del país a través de exportaciones sin procesamiento local. Solo el 18 % de la centolla exportada en 2025 fue procesada en tierra fueguina; el resto salió entera o semi-procesada. Esto limita el efecto multiplicador dentro de la provincia y explica por qué muchas familias en el norte de la isla ven el “boom del Beagle” como algo lejano.

La sostenibilidad no es solo una frase para ecologistas. Es una cuestión de viabilidad económica a mediano plazo. Si la biomasa de centolla sigue cayendo, las cuotas se reducirán y con ellas los empleos. Ya ocurrió en 2018-2019 y la provincia pagó subsidios de emergencia por 87 millones de pesos ajustados. Repetir ese ciclo no es sostenible ni ecológica ni fiscalmente.

Una reforma inteligente de la 19640 debería incluir condicionamientos ambientales medibles. Por ejemplo, vincular la permanencia de los beneficios fiscales a la adopción de motores híbridos en flotas menores, al procesamiento en tierra de al menos el 40 % de la captura y a la financiación de programas de monitoreo oceanográfico que hoy dependen casi exclusivamente de fondos nacionales e internacionales. Estos requisitos no son “antiempresa”; son condiciones para que el negocio siga existiendo dentro de veinte años.

El turismo, que parece más “limpio”, también genera presión. El incremento de recaladas de cruceros generó un pico de residuos plásticos en las costas de la bahía de Ushuaia que, según muestreos de la Fundación Ushuaia Sustentable, se triplicó entre 2021 y 2025. La mayor parte de esos plásticos no proviene de los habitantes locales sino de las naves. Sin embargo, el costo de limpieza recae sobre el municipio y, en última instancia, sobre los contribuyentes fueguinos.

Los números no tienen ideología, pero sí consecuencias. Mantener la actividad económica en el Canal Beagle sin actualizar los incentivos y sin medir el impacto real en el ecosistema es repetir el mismo error que se cometió con otras zonas de captura en el mundo: maximizar corto plazo y pagar caro después. La provincia tiene la oportunidad de liderar un modelo de zona franca “verde” que combine beneficios fiscales con indicadores ambientales verificables por terceros.

Eso exigiría mayor transparencia: publicación trimestral de capturas por barco, auditorías ambientales independientes y un fondo de reconversión productiva alimentado con parte de las regalías pesqueras. Sin esas herramientas, seguiremos celebrando récords de exportación mientras el motor diésel de la economía local tose cada vez más fuerte.

La pregunta incómoda que los fueguinos deberíamos hacernos es sencilla: ¿queremos que nuestros hijos sigan viviendo de un canal vivo o estamos dispuestos a conformarnos con fotos de un paisaje que ya no sustenta las mismas actividades? Los balances de las empresas pueden seguir en verde por unos años más. El del ecosistema, según las series de datos disponibles, ya está en amarillo. Y en Tierra del Fuego sabemos bien lo que pasa cuando ignoramos las luces de advertencia.

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