Cómo el turismo en Tolhuin se transforma en motor de inclusión y arraigo para los jóvenes fueguinos
Más allá de los paisajes, el turismo en Tolhuin genera empleo genuino, fortalece la identidad local y abre oportunidades para que los pibes de la zona no tengan que emigrar. Una mirada profunda al impacto social de esta actividad en el corazón de Tierra del Fuego.
En Tolhuin, el turismo no es solo una temporada de fotos frente al lago Fagnano o un paseo por la Ruta 3. Es, cada vez más, una herramienta concreta de contención social y de arraigo para los jóvenes que crecen entre el aserradero, el frío y la tentación de buscar oportunidades en Ushuaia o Río Grande.
Cuando uno habla con los chicos que hoy trabajan como guías, kayakistas o asistentes en las cabañas, aparece una constante: muchos de ellos empezaron casi por casualidad, acompañando a un familiar en un tour, y terminaron descubriendo que podían vivir de contar su propia tierra. Ese proceso tiene un valor que va más allá del salario. En una provincia donde el viento y la distancia suelen empujar a la migración interna, el turismo actúa como un ancla emocional y económica.
Tomemos el caso de las travesías en mountain bike o las salidas de trekking guiado por el bosque de lengas. Lo que antes era una actividad reservada para turistas experimentados se convirtió en una puerta de entrada laboral para pibes de 18 a 25 años que, gracias a cursos gratuitos impulsados por la Secretaría de Turismo provincial y el municipio, obtuvieron certificación como guías de naturaleza. No solo aprenden a leer el clima fueguino o a identificar huellas de guanacos; también desarrollan habilidades de comunicación y liderazgo que luego les sirven en cualquier ámbito.
El impacto se ve en los números y, sobre todo, en las historias. Según datos de la Cámara de Turismo local, en los últimos tres años la participación de jóvenes tolhuinenses en el sector pasó del 18% al 37% de los puestos temporales y permanentes. Ese crecimiento no es casual: responde a una estrategia silenciosa pero efectiva de vincular el deporte, la educación ambiental y el empleo. Clubes de mountain bike como los que entrenan en el circuito del Cerro Siete, por ejemplo, se transformaron en semilleros de futuros guías y operadores.
Desde la lente comunitaria, el turismo en Tolhuin funciona como un club de barrio pero con proyección económica. Los mismos pibes que guían una caminata por la Reserva Natural Provincial terminan siendo embajadores de su pueblo en ferias nacionales. Y eso genera un orgullo colectivo que no se compra con subsidios. En conversaciones con entrenadores y coordinadores de programas juveniles, surge siempre la misma reflexión: “Antes se iban a los 20; ahora muchos eligen quedarse porque ven que pueden construir algo propio aquí”.
Esto no significa romantizar la realidad. El sector todavía enfrenta desafíos estructurales: la fuerte estacionalidad, la falta de infraestructura todo el año y la dependencia de que el clima acompañe. Un temporal de tres días puede dejar sin trabajo a veinte guías. Por eso, la diversificación es clave. Propuestas como el turismo astronómico en invierno, las rutas gastronómicas basadas en productos locales (el famoso pan casero tolhuinense y el cordero) o las experiencias de interpretación cultural con comunidades originarias están ganando terreno y permitiendo extender la temporada.
El deporte, como casi siempre en Tierra del Fuego, juega un rol central. Las carreras de trail running que combinan competencia y turismo atraen visitantes de todo el país y obligan a los organizadores locales a capacitar a jóvenes en logística, seguridad y primeros auxilios. Esas capacitaciones quedan como capital humano para la comunidad mucho después de que termine la carrera. Una buena defensa en el fútbol puede ser como el invierno fueguino, pero una buena guía turística es como el calafate: resistente, dulce y con futuro.
Desde la perspectiva de género, también hay avances notables. Cada vez más chicas se animan a liderar grupos de kayak en el lago o a manejar cuatriciclos en las estancias cercanas. Programas específicos de empoderamiento femenino en turismo rural han reducido la brecha visible en un rubro que tradicionalmente era masculino. Ese cambio no solo genera empleo: modifica imaginarios y abre conversaciones en las familias sobre qué pueden hacer las pibas de Tolhuin.
El verdadero valor del turismo en esta localidad no se mide solo en camas ocupadas o divisas. Se mide en la cantidad de jóvenes que, después de mostrarle a un porteño el atardecer en la mítica “milla 0” de la Ruta 3, deciden que su futuro puede escribirse sin necesidad de dejar su terruño. En una provincia marcada por la lejanía geográfica, el turismo se vuelve una forma de acortar distancias emocionales con el resto del país y, fundamentalmente, consigo mismos.
Mirar a Tolhuin a través de sus jóvenes guías, sus emprendedores de 20 años y sus proyectos deportivos-turísticos permite entender que el desarrollo local no pasa solo por grandes inversiones hoteleras. Pasa por crear condiciones para que los que nacieron con el viento de cara sientan que su lugar también puede darles alas. Ese es el Tolhuin que está creciendo hoy: no solo más visitado, sino más propio.