Cómo las cooperativas de servicios en Tierra del Fuego crean empleo estable en tiempos de incertidumbre
Más allá de los grandes proyectos petroleros o turísticos, un modelo silencioso de cooperativas de servicios está generando trabajo digno y sostenible en Ushuaia, Río Grande y Tolhuin. Conocé cómo funcionan, quiénes las integran y qué impacto real tienen en las familias fueguinas.
En un contexto donde la palabra "empleo" suele venir acompañada de recortes, suspensiones o planes temporales, en Tierra del Fuego hay un sector que crece sin hacer mucho ruido: las cooperativas de servicios. No son las que aparecen en los grandes anuncios oficiales ni las que llenan los titulares nacionales, pero son las que sostienen el día a día de cientos de familias en Ushuaia, Río Grande y Tolhuin.
Doña Rosa, vecina del barrio Río Grande, cuenta que hace tres años no sabía ni qué era una cooperativa. Hoy es socia de una que se dedica a la recolección diferenciada de residuos y al mantenimiento de espacios verdes. "Antes limpiaba casas por día y nunca sabía si me llamaban al otro mes. Ahora tengo un ingreso fijo, obra social compartida y, lo más importante, voto en las decisiones", dice mientras acomoda bolsas reciclables en el galpón del barrio.
Este modelo no es nuevo en la provincia, pero en los últimos cinco años ganó fuerza. Según datos del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES) actualizados al 2024, en Tierra del Fuego hay más de 85 cooperativas activas, de las cuales casi 40 se dedican a servicios: desde reparación de electrodomésticos hasta mantenimiento de redes de fibra óptica, pasando por catering para instituciones públicas y privadas.
¿Qué tienen de distinto estas cooperativas respecto de una PyME tradicional? En primer lugar, la propiedad es colectiva. No hay un dueño que decide solo. Las decisiones se toman en asamblea y las ganancias se reparten según el trabajo aportado. Eso genera un colchón de estabilidad que pocas empresas privadas pueden ofrecer en una provincia con costos logísticos tan altos.
En Tolhuin, la Cooperativa de Servicios Eléctricos y Afines (COSEAF) no solo brinda mantenimiento a las redes domiciliarias, sino que capacita constantemente a sus 28 socios. "Cuando llega un chico nuevo, lo primero que le decimos es que acá no viene a obedecer, viene a aprender y a decidir", explica Miguel, uno de los fundadores. En los últimos dos años incorporaron un taller de paneles solares que ya colocó más de 40 instalaciones en viviendas del barrio Dos Banderas.
El impacto se nota en los barrios. En el Cerro del Medio de Ushuaia, una cooperativa de limpieza y desinfección de edificios públicos y privados emplea a 19 mujeres que antes trabajaban en negro. Hoy tienen aportes jubilatorios, capacitaciones en seguridad laboral y un fondo solidario para emergencias familiares. "Muchas de nosotras éramos monotributistas que no llegábamos a pagar la cuota. Acá nos organizamos y pudimos comprar una camioneta entre todas", cuenta Laura, presidenta de la entidad.
Pero no todo es color de rosa. Las cooperativas enfrentan los mismos problemas que cualquier emprendimiento local: el alto costo de los insumos traídos desde el continente, la dificultad para acceder a créditos blandos y la competencia desleal de empresas que subcontratan en condiciones precarias. Además, la burocracia para inscribirse y mantener al día los papeles sigue siendo un obstáculo grande.
Desde la Federación de Cooperativas de Tierra del Fuego vienen insistiendo hace años en la necesidad de una ley provincial que facilite el acceso de estas entidades a las licitaciones públicas. "No pedimos privilegios, pedimos igualdad de condiciones. Cuando el municipio o la provincia contrata un servicio, debería priorizar a quien genera trabajo local y devuelve la ganancia a la comunidad", explica el referente Juan Carlos Fernández.
El caso de las cooperativas de reciclaje es particularmente interesante. En Río Grande funcionan tres que juntas procesan más de 18 toneladas de material recuperable por mes. No solo crean empleo directo (más de 60 personas entre socios y colaboradores), sino que reducen la presión sobre el basural y generan materia prima para pequeñas industrias locales. Una de ellas, "Manos Fueguinas", fabrica bancos de plaza y macetas con plástico reciclado y los vende tanto a particulares como a instituciones.
Lo que más llama la atención a quien visita estos espacios es el nivel de compromiso. No se trata solo de un trabajo. Es un proyecto colectivo donde los errores y los aciertos se comparten. Cuando la inflación comió los márgenes el año pasado, las cooperativas optaron por reducir horas extras antes que despedir a nadie. Esa lógica solidaria es lo que las diferencia en un mercado que suele priorizar la rentabilidad por sobre las personas.
Desde las organizaciones barriales también valoran este modelo. En el barrio Alakalufes de Ushuaia, la cooperativa de delivery en bicicleta no solo genera trabajo para jóvenes, sino que se integró al programa de merenderos y lleva comida caliente a más de 40 familias tres veces por semana. "No es caridad, es economía circular", dice Pablo, uno de los jóvenes que pedalea todos los días.
Mirar el futuro desde estas experiencias obliga a repensar algunas ideas. Mientras muchos esperan que llegue la gran inversión que cambie todo, las cooperativas demuestran que el cambio puede construirse de abajo hacia arriba, con menos recursos pero con más arraigo. No resuelven solos el problema del empleo en la provincia, pero están creando puestos de trabajo que tienen tres características cada vez más escasas: son estables, dignos y con sentido de pertenencia.
Para las nuevas generaciones que se forman en los secundarios técnicos de la provincia, estas cooperativas también representan una alternativa real. Muchos egresados de electricidad, carpintería y refrigeración encuentran en ellas su primer espacio de trabajo real, con mentoría de socios más experimentados y sin la precarización que a veces ofrecen las contrataciones temporales.
Claro que para que este modelo se consolide se necesitan políticas públicas inteligentes. No se trata de subsidios eternos, sino de acompañamiento técnico, acceso a financiamiento a tasas razonables y simplificación de trámites. También hace falta que las grandes empresas que operan en la provincia, especialmente las del sector petrolero y turístico, incorporen a las cooperativas locales en sus cadenas de valor.
Mientras tanto, en los galpones, talleres y oficinas modestas de Tierra del Fuego, cientos de vecinos y vecinas siguen apostando a que otro tipo de economía es posible. Una donde el beneficio no se mide solo en pesos, sino en cuántas familias pueden planificar su futuro con cierta tranquilidad. Porque detrás de cada cooperativa hay historias de gente que decidió dejar de esperar que vengan a salvarlos y empezó a organizarse para salvarse juntos.
La provincia, con sus recursos y su ley 19.640, tiene todas las condiciones para que este sector crezca. Solo falta que las decisiones políticas acompañen la iniciativa que ya está naciendo en los barrios. Mientras tanto, Rosa, Miguel, Laura y tantos otros seguirán yendo todos los días a sus cooperativas, no solo a trabajar, sino a construir una forma distinta de hacer economía en el fin del mundo.