Cora, una vida entre la danza y las raíces fueguinas
Desde los dos años en Río Gallegos hasta su consolidación en Río Grande, Cora se convirtió en referente de la danza folklórica. Su trayectoria une formación, escenarios y la transmisión de la cultura popular en Tierra del Fuego.
Cora es, para muchos en Río Grande, sinónimo de danza folklórica. Su nombre evoca años de clases, ensayos y presentaciones que han marcado la identidad cultural de la ciudad más poblada de Tierra del Fuego. Nacida en Río Gallegos, su vínculo con el movimiento comenzó prácticamente en la primera infancia: a los dos años dio sus primeros pasos en una academia local, un inicio precoz que definiría el resto de su vida.
A fines de la década de 1980 su familia se radicó en Río Grande. Aquí encontró un ambiente propicio para profundizar su pasión. Rápidamente se integró a grupos de danza y comenzó a formarse con maestros que llegaban desde distintas partes del país. La provincia, con su mezcla de influencias patagónicas y fueguinas, le permitió desarrollar un estilo propio que respeta la tradición pero incorpora la energía del sur.
A lo largo de más de tres décadas, Cora ha transitado todos los roles posibles en el folklore local: bailarina, docente, coreógrafa y directora de conjuntos. Su escuela ha formado a cientos de niños, adolescentes y adultos que hoy llevan adelante la posta cultural. Para ella, la danza no es solo un arte escénico, sino una herramienta de transmisión de valores, historia y pertenencia.
“En cada malambo, en cada gato o zamba que enseñamos, estamos contando quiénes somos como fueguinos”, suele decir. Ese compromiso la llevó a participar en festivales nacionales e internacionales, representando a la provincia en escenarios tan diversos como el Cosquín y distintas giras por el extranjero. Sin embargo, su mayor satisfacción siempre volvió a Río Grande, donde sigue dictando clases y preparando nuevos elencos.
Su trayectoria también se entrelaza con la preservación de las raíces locales. En un territorio marcado por la inmigración, la industria y la distancia, Cora ha insistido en que el folklore debe hablar de la tierra donde se baila: las estepas, el mar, los gauchos fueguinos y los pueblos originarios. Por eso incorpora en sus coreografías elementos de la identidad selk’nam y yámana, con el respeto y la consulta que exige el trabajo con comunidades.
En los últimos años, su labor ha sido reconocida por instituciones municipales y provinciales. Ha recibido distinciones por su aporte a la cultura popular y su rol en la formación de nuevas generaciones. Aun así, Cora mantiene un perfil bajo: prefiere que se hable de sus alumnos y de la continuidad del folklore antes que de su propio nombre.
Hoy, con una trayectoria que ya supera los cuarenta años, sigue activa en los escenarios y en las aulas. Su ejemplo demuestra que la danza folklórica en Tierra del Fuego no es solo una actividad recreativa, sino un pilar de la identidad provincial. En un contexto donde muchos jóvenes emigran en busca de oportunidades, figuras como Cora recuerdan por qué vale la pena quedarse y construir desde el sur.
Su historia es, en definitiva, la de miles de fueguinos que encontraron en el arte popular una forma de arraigo. De Río Gallegos a Río Grande, pasando por innumerables tablados y salones, Cora sigue bailando y enseñando que las raíces se fortalecen cuando se transmiten con pasión y rigor.