Sociedad

El legado silencioso: cómo los veteranos de Malvinas reconstruyen su vida en Tierra del Fuego

Publicado el 24/06/2026 10:34 hs

A más de cuatro décadas del 2 de abril, los veteranos fueguinos comparten cómo la guerra marcó su salud, sus familias y su re

A más de cuatro décadas del 2 de abril, los veteranos fueguinos comparten cómo la guerra marcó su salud, sus familias y su reinserción laboral en una provincia que los vio partir y los recibió con heridas abiertas.

Cada 2 de abril, la provincia se detiene para recordar el inicio de la guerra de Malvinas. Pero detrás de los actos y las banderas, hay historias que siguen latiendo en silencio: las de los veteranos que volvieron a Ushuaia, a Río Grande y a Tolhuin con el cuerpo y la mente cambiados para siempre. Este no es otro relato de batallas; es la crónica de cómo esos hombres y sus familias reconstruyen, día a día, una vida en el fin del mundo.

En Tierra del Fuego, más de 800 excombatientes viven distribuidos en las tres ciudades. Muchos llegaron como soldados conscriptos desde el norte del país; otros eran fueguinos de pura cepa que ya sentían el frío antártico como propio. Al regresar, el reencuentro con la isla no fue fácil. El gas invernal que hoy preocupa a todos los hogares, para ellos tiene un significado extra: muchas noches de insomnio se agravan con el silbido del viento que les recuerda el de las islas.

La salud mental es uno de los capítulos más duros. Según datos del Centro de Atención al Veterano de Guerra de Río Grande, cerca del 40% de los veteranos locales ha requerido apoyo psicológico sostenido. El estrés postraumático no entiende de feriados ni de aniversarios. "Hay días que el cuerpo se acuerda antes que la cabeza", cuenta José Luis Almirón, veterano riograndense que participó en la defensa de Puerto Argentino. Hoy trabaja en mantenimiento de la planta de gas de la zona norte y dice que el ritmo de la fábrica lo ayuda a no quedarse quieto.

La reinserción laboral fue otro desafío mayúsculo. En los años 80 y 90, la provincia ofrecía pocas oportunidades fuera del Estado. Muchos veteranos encontraron techo en la administración pública provincial o municipal. En Ushuaia, varios se incorporaron al área de turismo, guiando a visitantes que llegan al puerto y contándoles, con prudencia, lo que vivieron. En Tolhuin, otros se volcaron a la actividad forestal o al trabajo en el Parque Nacional. Pero no faltaron los que, por secuelas físicas, tuvieron que jubilarse anticipadamente. La ley nacional de veteranos y las provinciales les garantizaron pensiones, pero el vacío de sentido que deja no poder trabajar es algo que ningún decreto puede llenar.

Las familias cargan también con esa huella. Las esposas e hijos de veteranos conforman un tejido invisible de contención. En Río Grande funciona desde hace más de quince años la Asociación de Familiares de Veteranos de Guerra, que organiza talleres de acompañamiento y actividades para los más jóvenes. Muchas parejas tuvieron que aprender a convivir con flashbacks, con la irritabilidad repentina o con la dificultad para expresar emociones. "Mi viejo volvía a la guerra cada vez que escuchaba un helicóptero", recuerda Martina, hija de un excombatiente de Ushuaia que hoy estudia enfermería en la UNTDF.

El deporte se convirtió para muchos en una tabla de salvación. En las ligas locales de fútbol y en las carreras de montaña, varios veteranos encontraron un espacio donde el esfuerzo físico les devuelve control sobre el cuerpo. El Club de Veteranos de Malvinas de Río Grande tiene su propio equipo de fútbol que compite en torneos amateurs. No se trata de ganar trofeos, sino de mantener el lazo entre compañeros que compartieron trincheras y ahora comparten asados y mates.

La educación también jugó un rol clave. A través de convenios con la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, varios veteranos y sus hijos accedieron a becas y cursos de formación. Algunos se recibieron de técnicos en sistemas, otros en turismo o en cuidados geriátricos. Esa posibilidad de seguir estudiando a los 40 o 50 años les dio una segunda oportunidad profesional y, sobre todo, les permitió sentirse útiles otra vez.

En el aspecto sanitario, la provincia avanzó en la creación de centros específicos. El Hospital Regional de Ushuaia y el de Río Grande cuentan con consultorios preferenciales para veteranos, donde se atienden problemas respiratorios derivados de la humedad de las islas, dolencias óseas por el peso de las mochilas y chequeos psicológicos regulares. Sin embargo, los propios veteranos reclaman que la atención no se limite al 2 de abril, sino que sea continua y con profesionales formados en trauma de guerra.

La identidad fueguina se entrelaza con la causa malvinense de manera única. Aquí no se trata solo de una gesta lejana: es parte del paisaje cotidiano. Desde la Base Naval Integrada hasta el Polo Logístico Antártico, la provincia vive con la soberanía como eje. Los veteranos se convierten muchas veces en los mejores embajadores de esa memoria. En las escuelas, participan de charlas donde evitan el relato épico y prefieren transmitir valores de resiliencia y defensa de lo propio.

Hoy, con más de 40 años transcurridos, la mayoría de los veteranos ya pasó los 60. Muchos son abuelos que llevan a sus nietos al monumento de Malvinas en la costanera de Ushuaia o al de la plaza central de Río Grande. La transmisión de la memoria se volvió una tarea urgente. No quieren que sea solo una fecha en el calendario, sino que sus experiencias sirvan para formar ciudadanos conscientes de lo que significa defender la soberanía desde el lugar más austral del país.

La pandemia dejó otra marca. El aislamiento obligatorio revivió en muchos el encierro de las islas. Pero también generó nuevas redes de solidaridad: grupos de WhatsApp donde se organizaban para llevarles comida o medicamentos, y videollamadas que reemplazaron los tradicionales encuentros presenciales del Centro de Veteranos.

Mirar el 2 de abril desde la reconstrucción cotidiana permite ver la verdadera dimensión del conflicto. No solo fueron 74 días de guerra. Fueron miles de noches de adaptación, de terapias, de charlas con compañeros, de peleas con la burocracia para obtener derechos, de abrazos silenciosos con la familia. En Tierra del Fuego, los veteranos no son solo símbolos: son vecinos, compañeros de trabajo, suegros, entrenadores de fútbol infantil y pacientes crónicos del sistema de salud provincial.

Por eso, más allá de los homenajes oficiales, la provincia tiene una deuda permanente: seguir acompañándolos en su día a día. Porque el verdadero reconocimiento no termina el 2 de abril a la tarde, sino que se construye en cada consulta médica atendida con empatía, en cada puesto laboral adaptado, en cada charla escolar donde un veterano se anima a contar su historia sin héroes ni villanos, solo con hombres comunes que dieron todo por una causa que aún late en el corazón de los fueguinos.

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