Sabemos qué comer, pero ¿cómo lo hacemos en la vida real?
Entre el trabajo, la casa y el mate que acompaña toda la mañana, el almuerzo se posterga hasta las cuatro de la tarde. En Tierra del Fuego, la rutina diaria choca con las recomendaciones nutricionales y obliga a repensar cómo comer de manera realista.
Son las cuatro de la tarde en Ushuaia, Río Grande o Tolhuin. El almuerzo quedó pendiente, el mate acompañó toda la mañana y entre el trabajo, los chicos, la casa y el viento que no afloja, todavía no hubo un plato medianamente equilibrado sobre la mesa.
Sabemos de memoria qué deberíamos comer: verduras, proteínas magras, hidratos complejos, poca fritura y azúcar controlada. Los nutricionistas lo repiten en cada consulta y las guías del Ministerio de Salud son claras. Pero la vida real en la provincia es otra cosa. El frío invita al té con facturas a media mañana, el horario corrido en las fábricas del parque industrial de Río Grande hace que el almuerzo se convierta en un sándwich apurado o en un delivery de milanesas, y el costo de la verdura fresca en invierno sigue siendo un factor que pesa en el bolsillo.
Según datos de la Secretaría de Salud provincial, más del 60% de los fueguinos adultos presenta sobrepeso u obesidad. No es por desconocimiento. La mayoría sabe que la merluza negra o el langostino local son excelentes fuentes de proteína omega 3, que la carne de guanaco o cordero magro es más saludable que las carnes procesadas y que una porción de verdura cocida o cruda debería estar en cada plato. El problema es el “cómo”.
En las tres ciudades la dinámica es parecida aunque con matices. En Ushuaia, el turismo y los horarios extendidos en hotelería y comercios hacen que muchos trabajadores coman a deshora o salteen comidas. En Río Grande, el turno mañana-tarde en las terminales electrónicas deja poco margen para preparar algo en casa. Tolhuin, con su población más dispersa y el trabajo forestal o en el campo, depende mucho de lo que se pueda calentar rápido.
Los nutricionistas locales coinciden en que la clave no está en recetas gourmet sino en sistemas: preparar la noche anterior, tener porciones de guisos o sopas congeladas, usar el horno eléctrico para cocinar varias porciones a la vez y aprovechar los recursos locales que, además de baratos, son frescos. La vieira o el calamar del puerto de Ushuaia, por ejemplo, se pueden tener listos en menos de diez minutos y rinden para dos comidas.
El mate, ese gran compañero fueguino, también juega su rol. Muchos reemplazan el desayuno o la merienda por mate cocido con galletitas, lo que genera picos de glucosa seguidos de bajones de energía que llevan a picar más. Cambiar parte de ese ritual por una tostada con queso untable, tomate y huevo duro no exige mucho más tiempo y cambia la curva de saciedad.
En las escuelas y centros de salud de la provincia se insiste cada vez más en la alimentación realista. No se trata de seguir una dieta perfecta sino de mejorar lo posible dentro de la rutina. Un consejo repetido es armar “bases” semanales: arroz integral, lentejas, pollo al horno o pescado en conserva de buena calidad. Con eso se pueden armar platos en menos de quince minutos cuando se llega tarde a casa.
El gas invernal, las suspensiones en la industria y el costo de vida siguen condicionando la mesa fueguina. Pero también es cierto que la Cuenca Austral nos provee de recursos pesqueros de primer nivel y que la tierra de la isla permite huertas familiares que, aunque pequeñas, pueden aportar verdura de estación.
La pregunta entonces no es solo qué comer, sino cómo organizarnos para que ese conocimiento se traduzca en hábitos sostenibles. Porque en Tierra del Fuego la vida no espera a que tengamos todo el tiempo del mundo para cocinar. La vida pasa a las cuatro de la tarde, con hambre acumulada y con el viento soplando fuerte afuera.