Ushuaia, la ciudad que creció mirando al sur: cómo se forjó su identidad entre el fin del mundo y la esperanza
Más allá de las postales de montañas y cruceros, la historia real de Ushuaia está marcada por las familias que llegaron con poco, las luchas por arraigo y el pulso comunitario que convirtió un presidio remoto en la capital de Tierra del Fuego.
Cuando uno llega por primera vez a Ushuaia y ve las casas trepando la ladera como si escaparan del mar, cuesta imaginar que hace poco más de un siglo este lugar era apenas un puñado de casillas de madera y un presidio. Pero detrás de la belleza del canal Beagle y los bosques de lengas se esconde una historia de tenacidad humana que pocos cuentan en las guías turísticas.
Doña Elena, vecina del barrio La Misión, suele decir que su abuela llegó en 1928 desde Galicia con una valija de cartón y la promesa de un marido que trabajaría en el aserradero. Como ella, miles de inmigrantes –croatas, españoles, italianos, chilenos– desembarcaron en este confín buscando lo que en otros lados ya no había: tierra, trabajo y la chance de empezar de nuevo. No fue fácil. El viento que baja del Martial cortaba la cara y el invierno parecía eterno. Sin embargo, esas familias fueron tejiendo la trama de lo que hoy llamamos identidad fueguina.
La fundación oficial de la ciudad en 1884 por Augusto Lasserre respondió a una necesidad geopolítica: afirmar la soberanía argentina en el extremo sur. Pero la vida real de Ushuaia comenzó antes, con la misión salesiana que intentó –no siempre con éxito– convivir con los pueblos originarios yámana y selk’nam. La tragedia de esos pueblos, diezmados por enfermedades y políticas de exterminio, sigue siendo una deuda pendiente que los vecinos más jóvenes empiezan a visibilizar en escuelas y centros culturales.
El presidio, inaugurado en 1902, marcó para siempre el imaginario de la ciudad. Lejos de ser solo un lugar de castigo, el penal trajo mano de obra forzada que construyó edificios, caminos y muelles. Muchos presos, una vez cumplida su condena, decidieron quedarse. Sus descendientes aún viven en Río Grande y Ushuaia y cuentan anécdotas que mezclan dureza y sentido de pertenencia. “Mi abuelo decía que acá el frío te enseña a valorar un mate caliente y una palabra amable”, recuerda Juan Carlos, jubilado del Astillero.
La década de 1970 trajo el boom de la ley 19.640. De repente, la ciudad que había vivido de la madera, la lana y la pesca vio llegar fábricas de electrónicos, televisores y hasta juguetes. Familias enteras de Buenos Aires, Córdoba y el interior santafesino hicieron las valijas rumbo al sur atraídas por salarios dignos y subsidios. Ushuaia pasó de 10.000 habitantes en 1970 a más de 40.000 en menos de veinte años. Los barrios se expandieron hacia el este y el oeste, muchas veces sin planificación, y nacieron las primeras villas de emergencia que todavía hoy reclaman servicios básicos.
Esa misma ley que trajo progreso también generó dependencia. Cuando en los noventa llegó la reconversión industrial, miles de obreros quedaron en la calle. Las protestas en la avenida San Martín, los cortes de ruta y las ollas populares marcaron una nueva etapa: la de una comunidad que aprendió a organizarse desde abajo. Docentes, estatales y trabajadores de la industria textil fueron protagonistas de esas luchas que terminaron moldeando la cultura política local.
Hoy, con más de 80.000 habitantes, Ushuaia enfrenta nuevos desafíos. El turismo masivo trajo empleo pero también presión sobre los servicios y el ambiente. El cambio climático se siente en el retroceso de los glaciares y en el aumento de las precipitaciones. Mientras tanto, las nuevas generaciones –hijos y nietos de aquellos inmigrantes– reclaman una ciudad más inclusiva, con acceso a la vivienda digna y respeto por el entorno natural que los rodea.
En los centros vecinales del barrio Alak y en las bibliotecas populares del sur de la ciudad se sigue escribiendo la historia. Jóvenes que estudian en la UNTDF recuperan relatos orales de abuelos yámana, organizan ferias de trueque y promueven el reciclaje. Porque Ushuaia nunca fue solo el “fin del mundo”. Siempre fue, sobre todo, un comienzo para quienes no se resignaron a las dificultades.
La identidad de esta ciudad no está en las postales que se venden en las tiendas de la calle del Medio. Está en las manos agrietadas de quien corta leña para la estufa, en la risa de los pibes jugando al fútbol en un potrero con vista al Beagle, y en la decisión cotidiana de quedarse a pesar de todo. Esa terquedad sureña, hecha de frío, viento y solidaridad, es lo que realmente define a Ushuaia.
Mirar la historia de la ciudad desde sus barrios, desde sus familias y desde sus contradicciones permite entender por qué, a pesar de las promesas incumplidas y los inviernos duros, la gente sigue eligiendo este lugar como hogar. Porque acá, en el último escalón de América, se aprende que la dignidad se construye día a día, con las manos y con la memoria colectiva.