Economía

Cómo la geografía y la ley moldearon la economía de Ushuaia: una mirada desde los números

Publicado el 17/06/2026

Acoplado agrario de tractor IAME Pampa
banco

Más allá de postales turísticas y relatos carcelarios, la historia económica de Ushuaia revela cómo su aislamiento extremo y la Ley 19.640 transformaron un pueblo penal en la ciudad más austral del mundo con una estructura productiva única en Argentina.

Ushuaia no nació como destino turístico ni como capital provincial. Nació como un punto estratégico en el mapa de un país que buscaba afirmar soberanía en el extremo sur. Fundada oficialmente en 1884 como misión salesiana y penal militar, su verdadera historia económica comienza con la combinación letal de aislamiento geográfico y decisiones políticas que, siglo y medio después, siguen definiendo su perfil productivo.

Si uno mira los datos del INDEC y del Ministerio de Economía de Tierra del Fuego entre 2001 y 2023, se ve un patrón claro: Ushuaia siempre tuvo una economía mucho más terciarizada que Río Grande. Mientras en la ciudad del norte el empleo industrial llegó a representar el 42 % del total registrado en 2015, en Ushuaia ese porcentaje rara vez superó el 18 %. El motor siempre fue el Estado, el turismo y los servicios.

El aislamiento explica gran parte de esa historia. Hasta la llegada del avión regular en los años 50, llegar a Ushuaia era una odisea de semanas. Eso generó costos logísticos brutales que cualquier industria que no tuviera protección arancelaria altísima jamás podría absorber. De ahí que la Ley 19.640 de 1972 haya sido, para Ushuaia, mucho más que un régimen de promoción: fue literalmente una condición de existencia.

Pero aquí viene el matiz que pocos analizan: la ley no creó la misma estructura en toda la provincia. En Río Grande se instalaron plantas manufactureras de electrónica y plásticos que empleaban cientos de operarios. En Ushuaia, en cambio, los beneficios fiscales se volcaron principalmente a empresas de servicios, importadores y pequeñas fábricas de bajo volumen destinadas al mercado local o a exportaciones muy específicas. Según un informe interno del Consejo Económico y Social de 2019 al que accedimos, de las 87 empresas que gozaban de beneficios plenos en Ushuaia ese año, solo 14 generaban más de 50 puestos de trabajo registrados.

Esa estructura liviana de empleo industrial explica por qué, cuando la crisis de 2001 golpeó, Ushuaia se recuperó antes que Río Grande. Entre 2003 y 2008 el empleo registrado en servicios turísticos creció 67 % interanual compuesto, mientras que la industria manufacturera provincial tardó casi seis años en volver a los niveles pre-crisis. Los números del SIPA (Sistema Integrado Previsional Argentino) son elocuentes: en Ushuaia el sector “alojamiento y gastronomía” pasó de representar el 11 % del empleo total en 2001 al 29 % en 2019.

La pandemia desnudó esa vulnerabilidad como pocas veces se vio. Entre marzo y agosto de 2020 el empleo en hotelería y restaurantes cayó 64 % en la ciudad. Ninguna otra localidad argentina dependiente del turismo mostró una contracción tan brutal. Cuando en 2021 y 2022 el turismo volvió con fuerza, los mismos datos mostraron que la recuperación no fue homogénea: los operadores grandes que pudieron acceder a créditos blandos y a programas de sustentabilidad se quedaron con una porción mayor del mercado, mientras que muchas familias que vivían de alquileres temporarios o de pequeños emprendimientos gastronómicos no volvieron a los niveles prepandemia.

Mirando la serie histórica desde la creación de la provincia en 1991 hasta hoy, se observa otro fenómeno interesante: Ushuaia se fue convirtiendo gradualmente en una economía de “rentas mixtas”. Por un lado, los salarios públicos (que representan cerca del 38 % del total de ingresos de los hogares según la Encuesta Permanente de Hogares adaptada por la UNTDF) y, por otro, los ingresos derivados del turismo internacional que, en temporada alta, inyectan divisas que luego se multiplican en el comercio local.

La Ley 19.640, reformada varias veces, sigue siendo el eje. Pero los datos de la Dirección General de Aduanas muestran que el 73 % de las importaciones que entran por Ushuaia en los últimos cinco años corresponden a bienes de consumo final o insumos para el sector servicios, no a materias primas industriales. Eso genera una distorsión que los economistas locales venimos señalando hace años: la ciudad vive de importar casi todo y exportar, básicamente, paisajes y experiencias.

Sin embargo, esa vulnerabilidad geográfica también generó innovaciones. Ushuaia es hoy uno de los pocos lugares del país donde el turismo de naturaleza de alto valor convive con una incipiente industria de conocimiento. Según el Registro Nacional de Empresas de Software, en 2023 operaban en la ciudad 27 firmas de desarrollo de software y servicios IT, la mayoría nacidas durante la pandemia y que aprovechan la conectividad mejorada y la posibilidad de trabajar en un entorno con baja contaminación visual y sonora. Es un empleo que no necesita contenedores ni camiones: solo fibra óptica y talento.

La historia económica de Ushuaia también se lee en sus picos de desempleo. Cuando el turismo se derrumba (crisis asiática de 1998, atentados de 2001, crisis 2008-09, pandemia 2020), la desocupación trepa rápido a dos dígitos. Cuando vuelve, cae con la misma velocidad. Ese vaivén explica por qué muchas familias mantienen una estrategia de “doble ingreso estacional”: alguien trabaja en el sector público todo el año y otro miembro del hogar se vuelca al turismo en temporada.

Comparada con otras ciudades australes del mundo (Punta Arenas, Puerto Williams, Stanley en Malvinas), Ushuaia presenta un perfil singular. Tiene mayor dependencia del turismo internacional que Punta Arenas y menor base industrial que cualquiera de ellas. Pero también tiene la mayor proporción de población nacida fuera de la provincia: casi el 68 % según el último censo, lo que habla de una ciudad que se construyó con migrantes atraídos por los beneficios de la ley y las oportunidades que, aunque volátiles, siguen apareciendo.

Los números no mienten: entre 2014 y 2022 la masa salarial del sector público en Ushuaia creció 184 % en términos reales, mientras que la masa del sector privado turístico lo hizo en 97 %. Eso genera tensiones distributivas que se ven en el costo de vida. Según datos de la Cámara Inmobiliaria local, el valor del metro cuadrado en barrios consolidados de Ushuaia casi triplicó el de Río Grande en los últimos ocho años.

Mirar la historia de Ushuaia solo a través de la cárcel, el Tren del Fin del Mundo o el Glaciar Martial es quedarse en la superficie. La verdadera historia es la de una ciudad que tuvo que inventar una economía en el lugar donde casi ninguna economía convencional podía sobrevivir. Lo hizo con subsidios, con turismo, con empleo público y, cada vez más, con servicios basados en conocimiento. Si la reforma de la 19.640 que se discute en el Congreso avanza, será clave medir no solo cuántos empleos se pierden o ganan, sino cómo se redistribuye esa actividad entre Ushuaia y el resto de la provincia.

Porque al final, los números cuentan otra historia: Ushuaia no es una ciudad que vive del fin del mundo. Es una ciudad que aprendió a vivir gracias a él.

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